Orar “Es situarnos ante Dios tal como somos.”

Éxodo 33,11

Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo.

El jubileo es un tiempo de gracia, de reconciliación, de conversión, de remisión de los pecados, y de sus penas, de solidaridad y de esperanza, de justicia y de compromiso para servir a Dios en los hermanos. Tiempo de gracia donde Dios toca nuestros corazones por que escuchamos su Palabra.

Celebramos la fundación del carisma VERBUM DEI, 50 años de gracia recorridas en su Palabra que lo inició una experiencia que abre este camino de gracia, que llega hasta hoy, y es la vocación de Jaime Bonet, su llamada a acoger la palabra de Dios, y a ponernos en marcha buscando que el amor de Dios transforme nuestra vida, y podamos ser colaboradores en la construcción de un mundo más fraterno. Gracias a Jaime que nos abrió la puerta de vivir una relación con Dios de tú a tú, cara a cara.

La oración es el diálogo con Dios que nos dispone a acoger todas las realidades de la vida. Orar es aceptar el riesgo de cambiar. Es curioso cómo cambian mis ideas cuando las oro. La razón es que la oración nos hace abrirnos a la realidad de Dios y no nos permite caer en sueños, en evasiones, en ilusiones. La Palabra nos fuerza a conocer a Dios tal cual es y quiénes somos nosotros.

El esfuerzo de la relación personal y libre, nos hace tomar de nuevo contacto con la realidad y darnos cuenta de que el hombre no es más que hombre es decir, un hermano que hay que amar.

Un acercamiento a lo que Dios es (Is.58,2-14). La oración obliga a limpiarnos, a purificarnos, a no hacer trampa: Quiero que la justicia sea tan corriente como el agua, y que la honradez crezca como un torrente inagotable, (Am.5,21ss).

Dios es sorpresa, es inédito, indomesticable. Dios es Aquel de quien no nos podemos servir. Nos fuerza a vivir con unos horizontes abiertos, en una acogida continua. Esto hace que si me veo a mí y a los otros tal como Dios se me presenta, me tenga que aceptar y haya de aceptar a los demás con una luz nueva. (1 Cor.10,12; 4,3), el yo fijo, seguro, conocido, desaparece. Me dispongo a irme haciendo hasta adquirir el estado de hombre perfecto en el completo desarrollo de Cristo (Ef.4,13)

La oración me invita a un acogerme y acoger a los demás sin crispaciones, sin prisas, con confianza. Amando al otro aprendo a amarme; acogiendo al otro, aprendo a acogerme. Me veo a mí en el otro. Dios y los otros son el lugar del propio conocimiento. Por eso Dios habla a Moisés cara a cara y le invita a sacarse las sandalias, las caretas, prejuicios, esquemas, clichés que traigo.

Le invita a estar atento y acoger su Palabra, son condiciones para una buena relación. La oración nos dispone y nos educa para ser capaces de escuchar la presencia del Espíritu de Dios en los hombres y la presencia del espíritu del hombre "Los hombres más eficaces y más admirables son siempre aquellos que aprendieron a escuchar a Dios”.

La oración como relación nos educa en la atención y el respeto hacia los demás. Con ella no podemos jugar. Será peligroso, porque también el hermano es fuego devorador. El contacto con el otro va limando en mi todo lo que carece de solidez. La relación llevada a fondo es como pasar por el fuego y salir de ella purificado.

Dios es verdad, y en la verdad queda denunciada toda mentira, la nuestra y la de los demás. Pero al mismo tiempo nos hace libres, libres de la mentira, que es la mayor esclavitud. Y en libertad, la relación puede establecerse realmente, que nos sitúa en la paz y en la alegría. Tan solo el resentimiento, la envidia, la ambición, el pecado con miedo: esto es lo que nos priva de paz y de alegría.

Pidamos a María, que vivió de cara a Dios, que nos haga simples y sencillos para acoger la Palabra de Dios, asimilarla, vivirla y darla a conocer a los demás.

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