Pautas Jueves

Mi corazón se regocija en el Señor


1Samuel 1, 24-28; Lucas 1, 46-56



Qué bueno María tenerte como madre, compañera y amiga, porque eres como nosotros: humana, mujer de nuestra raza, te sitúas perfectamente como un modelo claro y cercano a seguir. Tus pasos son huellas seguras y firmes, que, al recorrerlas, nos llevarán a ser "llenos de gracia y dicho¬sos por todas las generaciones"

María es la gran misionera, la primera en anunciar a Jesús. Aún no había nacido, apenas lo tenía en su vientre y ya se lanzó a darlo a los demás, a compartir las maravillas que Dios había hecho en ella. Es que para Ella anunciar a Jesús no es un conjunto de técnicas o de trucos, sino de tener un encuen¬tro fuerte con él, y con naturalidad, darlo a conocer a los demás.

Da mucho de sí el fijarse, paso a paso, en la vida de nuestra madre. Ella nos muestra, en todas sus facetas, cómo ir hacien¬do ese camino de ser amigos de Jesús, sobre todo en ser una mujer profundamente feliz. Su alegría nadie se la puede quitar porque está basada en la humildad. Jesús ya lo dice: "Felices los pobres y los humildes porque de ellos es el Reino de los Cielos". Y María eso lo vivió con mucha fuerza. Se sentía siempre en las manos de Dios y tenía la seguridad de que apoyada en su palabra nada tenía que perder.

María canta, ante todo, lo que Dios ha hecho en ella, lo que ha iniciado en su vida. Nuestra oración también tiene que ser de mucho agradecimiento a Dios. Y si somos sencillos como ella, la vida se vuelve más fácil de vivir.

Tan cercano el día que Jesús nos muestre su rostro, pidamos a María, que como Ella vivamos la alegría para poder expresar lo que es lo fundamental de nuestra vida cristiana, y lo que es el primer interés de Dios: que el hombre sea feliz, con el gozo y la alegría como su fruto inmediato. Lo fundamental de nuestra oración diaria es la actitud de nuestra Madre en el Magnificat: alegría desbordante, fruto de vivir lo que Jesús me prepara.

Dios es gozo y alegría infinita; y la convivencia con Él, el secreto de la nuestra. De hecho, somos creados por amor, porque quiere compartir su plenitud desbordante. Y, también por amor, nos recobra derramando continuamente en cada uno su amor: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado...” (Rm 5,5). De ahí que, nuestra máxima alegría está en la máxima respuesta a lo que Dios quiere: “Mi Espíritu se alegra en Dios mi Salvador...” (Lc 1,39ss.).

La invitación que nuestro Dios, que Cristo nos trae, consiste en vivir su gozo, su placer; abrirme a fondo para que la liberación que quiere hacer en mí sea completa. Así, cuanto más radical va la persona, más alegría encuentra: Jn 15,11; 16,24: “Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros... para que tengáis vuestra alegría colmada”.

Ese es el amor y gozo insuperable y que con tanta fuerza buscamos. Ct 3,4: “Encontré al amor de mi alma, le aprehendí, y no le soltaré”.

Tenemos derecho a la alegría de la fraternidad divina, a una descendencia numerosa como las estrellas del cielo; es la alegría de la maternidad - paternidad que nos corresponde; pero que sólo viene desde ese convivir la vida con Dios. “Salta de gozo la que se creía estéril...ensancha el espacio de tu tienda ... tu prole heredará naciones...” (Is 54,1ss.).

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