La ascensión nos sitúa en nuestra dignidad de amigos.

Pautas jueves
Sal 113, 7-9; Jn 15,15-16
¡Jesús, qué maravilla es poder descu­brir que mi seguimiento a ti tiene su origen en tu iniciativa, en tu llamada personal y declara­ción amorosa!
Es cierto: me miraste fijamente con cariño y me has elegido entregándome todo tu Amor, tu gracia y la fuerza para darte un sí total. Me vas traduciendo, además, de muchas formas, el querer del Padre sobre mí: que te siga radicalmente, respondiendo a tu llamada de amor. Sin embargo, todavía me pregunto extrañado al sentir mi pequeñez:
Salmo 113,7-9: Al pobre lo recoge desde el polvo, de la mugre retira al desvalido, para darle un asiento entre los nobles, con los grandes de su pueblo. Da un hogar a la mujer estéril, ahora feliz madre de sus hijos.
¿por qué te has empeñado conmigo?, ¿qué te mueve a decidirte por mí? Y encuentro tu respuesta pronta y clara a través de la Palabra: "No por­que sean el más numeroso de todos los pue­blos se ha prendado Yahveh de ustedes y les ha elegido, pues son el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el AMOR que les tiene... por eso les ha sacado Yahveh con mano fuerte y les ha librado" (Dt 7,7‑8).
Y tú mismo te ofreces como el compañero fiel que me irás capacitando para res­ponderte a cada paso. Te brindas como el ga­rante de mi fidelidad, si estoy dispuesto a co­laborar contigo: "Has de saber, pues, que Yahveh tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil gene­raciones a los que le aman y guardan sus man­damientos"(Dt 7,9).
Ante un mundo necesitado, Tú me invitas a vivir en una comunión tan estrecha contigo que pueda recibir de Ti todo lo que el mundo necesita: amor, compasión, fidelidad y conocimiento de Yahveh (Os 2,21‑22). Enséñame, Jesús, a permanecer en tu opción y deci­sión firme por mí. Que pueda estar, como Pa­blo, firmemente convencido de que, quien inició en mí la buena obra, la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús  (Flp 1,6). Que mi apoyo sea sólo tu Amor de elección: me amas­te desde toda la eternidad; me amas ahora, en acto; me prometes tu amor para siempre (Jer 31,3).
Jesús, que pueda crecer hoy mi amor a Ti, respondiendo a tu llamada (Flp 1,9‑11) de dar frutos de Vida eterna (Jn 17,3).
  Gracias, Jesús, porque en tu Palabra encuentro el querer del Padre sobre mí: estoy llamado a dar mucho fruto y ser así tu discí­pulo. No es algo que pueda conseguir con mis propias fuerzas, sino que necesito tu ayuda y la de la comunidad.
Más que un mandato, el poder amar es la condición de nuestra felicidad y desarro­llo. Pero si no estamos unidos a Ti nos cansa­mos de amar. Y al revés, cuando decidimos amar a tu estilo nos acercamos más a Ti ¡Cuántas veces, Jesús, pierdo la unión contigo porque dejo de AMAR, como Tú deseas! Me voy enfriando y experimento lejanía en nues­tra relación porque, de hecho, la distancia que me separa de aquel que menos amo es la misma que me separa de Ti. Tú quisiste identi­ficarte con todo hombre para que pueda amarte en ellos con el mismo amor con que Tú me amas: universal, desinteresado, gratuito, inteligente, sacrificado.
Madre querida ayúdame a saber ser siempre ese amigo íntimo con Jesús, y no quedarme fuera viéndote que te vas a estar junto al Padre (Ascensión) sino continuando tu misión.

        

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