Predica la Palabra; persiste en hacerlo



Esta mañana me ayudaba comenzar la oración pidiéndole al Señor que aumente en mi interior la sed de su amor, la sed del encuentro; que me regalara el don de la gratuidad, para estarme delante de Él, por Él mismo y no por lo que me puede dar. Reconocía que muchas veces nos cuesta llegar ala oración con esa disponibilidad del profeta:

 “Habla Señor que tu siervo escucha” 1 Samuel 3,10, la del mismo Jesús en Hebreos 10,5-7 “Aquí vengo, oh Dios para hacer tu voluntad o la de Carlos de Foucauld: “Padre yo me pongo en tus manos haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy gracias”. 

Entendía que esta es la actitud de los hijos que han experimentado la bondad del padre, que han reconocido que Dios es digno de confianza, que Dios está de parte nuestra y por ello pueden abandonarse sin reservas en sus manos. Encontraba esta necesidad en mi corazón porque a veces, las múltiples preocupaciones y quehaceres nos llevan a buscar luz en la oración para resolver nuestros asuntos y dejamos de lado, olvidando que ello se nos da por añadidura y que lo fundamental es como decía Santa Teresa tratar de amor con quien más nos ama.

Sin embargo, reconocía también, que la voluntad de nuestro Dios y el don de su amor se manifiesta comunitariamente, de allí que en confianza me acercaba a la palabra propuesta para hoy creyendo que en ella Dios me daría a conocer lo que espera de mí.

Este último tiempo, Dios me ha regalado la experiencia de un tiempo intenso de misión; que no me ha resultado fácil, debido a las realidades con las que he tenido que lidiar en mi campo de apostolado; pero en el que he experimentado la llamada de mi Dios a acercarme a los suyos con su propio corazón, el corazón que se compadece y ama con ternura a los hombres aún al más pecador.

 Ahora, al final de este tiempo mi Dios me pide no darme tregua y vivirme en estado de misión, que no es lo mismo que hacer misión o apostolado, es estarme permanentemente a la escucha de mi Dios en el corazón de mi hermano y ello implica, como se nos decía en la escuela permanecer en Dios. Agradecía al Señor porque entendía que a través de ello Él nos va configurando en Jesús y a la vez nos va haciendo experimentar la alegría de sentirnos compañeras(os) suyos, en la medida en que comulgamos con sus sentimientos y su modo de ver al hermano. Ciertamente es algo que no tenemos conseguido; pero podemos ir creciendo en esto, cada día, por gracia de nuestro Dios. 
Hoy la palabra del apóstol que ha comulgado con el sentir de Cristo nos exhorta, en 2 Timoteo 4,1-4 :
 En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.

Predica la palabra, palabra, persiste en hacerlo, insiste en dar la palabra y no temas darla como es con su claridad y exigencia, porque mira la superficialidad de los ambientes, la degradación de la persona humana, que en muchos casos se nos muestra una imagen y semejanza de Dios vejada; mira la confusión y el sin sentido de la vida de tantos jóvenes que se vuelcan al desenfreno buscando reconocimiento y mendigando un poco de afecto, siendo que hay un Dios que ya lo ha dado todo por ellos y que espera le abran su corazón para poder colmarlos, mira la oscuridad de tantos corazones carentes de luz y de vida de Dios, por ello insiste en la palabra, permanece en ella; para que puedas darla  en todo tiempo, explícita y con el propio testimonio que, ciertamente, es el anuncio más fuerte y ante el que nadie permanece indiferente, si bien en muchos casos no alcanza para convertir al hermano, al menos despierta interrogantes.

Por medio de la Palabra, Pablo nos exhorta a corregir, reprender y animar a los hermanos, con la humildad de quien se reconoce aún en camino, es decir que en muchos casos somos conscientes de que no hemos llegado a alcanzar lo que, sabemos, Dios espera de nosotros y de los hermanos, de allí que no nos falta la misericordia y la paciencia, que es el saber esperar el tiempo de Dios en el otro, contando con la fragilidad de mi hermano; pero sin por ello dejar de enseñar; de presentar el evangelio sin rebajas, ni acomodos.

Mirando la realidad de nuestro mundo, reconocía que se ha llegado el tiempo que al que Pablo hacía referencia: “llegará el tiempo en que los hombres no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.

Le preguntaba al Señor, qué hacer ante este contexto referido por Pablo y constatado por nosotros cada día y volvía escuchar de Jesús: “Acércate a mí y bebe el agua que ha de saciar la sed de tu corazón y el de los hermanos, acércate a mí y bebe la verdad, la justicia, la paz, el perdón, la esperanza…que los hombres anhelan, acércate a mí que soy la fuente que nunca se agota” (Cf. Juan 7, 37-38)

Esta mañana, pidamos a nuestra madre que nos ayude acercarnos a nuestro Dios, con un corazón confiado, dispuestos a escuchar su voluntad para con nosotros y los hermanos. Que María nos ayude a acoger de manos del Padre, la vida de los que nos está confiando, sabiendo que Él mismo trabaja en el corazón de los suyos y que somos simples; pero amados instrumentos suyos.




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